Simeón y Ana alaban al niño Jesús, 
Pintado por Arent de Gelder (1645-1727),
Pintado alrededor de 1700,
Óleo sobre lienzo
© Mauritshuis, La Haya, Países Bajos

Simeón y Ana alaban al niño Jesús, 
Pintado por Arent de Gelder (1645-1727),
Pintado alrededor de 1700,
Óleo sobre lienzo
© Mauritshuis, La Haya, Países Bajos

Evangelio del 30 de diciembre de 2019

Había una profetisa, Ana

Lucas 2:36-40

Había una profetisa, Ana hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era ya mayor. Sus días de juventud habían terminado, y había estado casada durante siete años antes de enviudar. Ahora tenía ochenta y cuatro años y nunca dejaba el Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayuno y oración. Pasó por allí justo en ese momento y comenzó a alabar a Dios; y habló del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

Una vez hecho todo lo que exigía la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Mientras tanto, el niño crecía hasta alcanzar la madurez, y se llenaba de sabiduría; y el favor de Dios estaba con él.

Reflexión sobre la pintura

La lectura del Evangelio de hoy de Lucas dice que 'mientras tanto el niño crecía hasta la madurez, y se llenaba de sabiduría'... ¡Esta frase resume 90% de la vida de Jesús! Jesús pasó treinta, de sus treinta y tres años en la tierra, viviendo una vida ordinaria en Nazaret. Hacía cosas que probablemente hacían la mayoría de los jóvenes de su edad: trabajar, jugar, relacionarse, rezar, etc... Estos "años ocultos" fueron cruciales para el ministerio de Jesús, ya que en ellos maduró su misión y se preparó para el día en que realmente empezaría a difundir activamente la Palabra de Dios. Esos treinta años que Jesús pasó con sus padres en Nazaret, nos revelan el valor de nuestra vida cotidiana.

Pero es Ana, la profeta, la que tiene la última palabra en la historia de la natividad que nos ha contado Lucas. Ella destaca la importancia del nacimiento de Jesucristo, que cambiaría el mundo para siempre. Tiene una necesidad imperiosa de hablar a los demás de la salvación que transforma la vida y que se ofrece a través de Cristo. Es una profeta, y puede ver lo que se avecina, mientras sostiene a Jesús en sus brazos. La ternura de su abrazo, abrazando la Salvación...

Nuestro cuadro muestra a Simeón y Ana. El Espíritu Santo le dijo al devoto Simeón que no moriría antes de ver al Mesías. Cuando María y José llevaron a su hijo al templo, el Espíritu Santo condujo también a Simeón hasta allí. Al ver al niño, Simeón reconoció inmediatamente al Redentor en él. Ana, la profeta, vivía prácticamente en el templo y se la ve aquí uniéndose a Simeón en la alabanza del niño. El pintor Arendt de Gelder fue alumno de Rembrandt, y su influencia es claramente visible.

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